Opinión Abril 01, 2007



Comando suicida en una chichería del Norte de la ciudad


“Es una vida bien tremenda esto de vivir”. Así, de una forma un poco confusa, se refiere a su realidad, entre las brumas del alcohol y los recuerdos de su vida pasada y su familia, Gregorio Calucho, conocido como “El Capitán Lorito”; uno de los miembros de la Compañía “B”, o (Compañeros Borrachos) de la zona de Cala Cala.

Esta es una comunidad de alcohólicos que se junta en las chicherías cercanas al parque Lincoln para dedicarse a un vicio que les atrapó en distintas circunstancias, pero que ahora les tiene navegando en el mismo barco.

La Compañía está compuesta casi por 50 personas, el 5 por ciento de ellos son indigentes que apelan al resto para subsistir de los compañeros para procurarse ropa o bebida.

Gregorio, como el resto de la Compañía, sobrevive para beber un día más, pero también para morir un poco en cada jornada, pues es consciente que el camino que un día eligió y que ya no puede abandonar, lo llevará en algún momento a la tumba, es el destino que ya le tocó a varios de quienes conformaron el grupo en el pasado.

“El Capitán Lorito”, o”El Lorito”, como le dicen sus compañeros, cariñosamente, fue un día padre de familia y esposo, pero fueron más fuertes su relación con la chicha y la tutuma, la amistad y los inquebrantables lazos que crecen de la desventura humana.

“Tengo 50 años, trabajé 18 de ellos lavando autos, una vez fui el comandante de la Compañía, pero ya no más, vivo en el parque Lincoln. Empecé trabajando en la Av. Santa Cruz, pero nos botaron de allí así que me trasladé”, explica.

En realidad, la morada de este hombre, que más bien aparenta unos 60 años, se encuentra en el hueco de un viejo árbol, en donde descansa su colchón, allí duerme, cobijado por el frío de la noche y arrullado por la brisa y las lluvias de la temporada.

Hace apenas dos semanas que “El Lorito” y el resto de la Compañía se enfrascó en una cruzada para ayudar a uno de los suyos, Marco Antonio Cejas, “El Oso”, que fue internado en el hospital, aquejado por una hepatitis alcohólica y una crisis nerviosa.

Los miembros de la Compañía lograron recolectar cerca de 500 bolivianos para pagar la cuenta de Marco Antonio, que quedó debiendo más de 2.000 bolivianos por la atención médica, al final, la deuda quedó en la mitad gracias a las gestiones que se hicieron a través de la oficina de Trabajo Social del Viedma.

Como “El Oso”, muchos miembros de la Compañía fueron internados en diversas ocasiones, debido a los excesos a los que se entregan día tras día, levantándose a las 4:00 de la madrugada para encontrarse en la chichería del barrio, y recogiéndose luego de la hora del almuerzo, para dejar descansar sus cuerpos y sus mentes.

Cada miembro de la Compañía tiene una historia que, al mismo tiempo, es el testimonio de otros miles, atrapados por la rutina de la chichería y del alcohol, dentro de una sociedad que los discrimina, porque no les queda más que mendigar, robar o trabajar en pobres actividades, menospreciadas por quienes sí pueden costearse un whisky o varias cajas de cerveza, en otros estratos de la sociedad, donde la adicción a la bebida tiene otras caras, o mejor dicho, otras caretas.

“El Lorito” explica que Marco Antonio, como otros amigos suyos, estuvo casado alguna vez y tiene hijos, pero una desventura de la vida hizo que se enfrascara en una carrera, cuya meta puede ser la muerte. Al mismo tiempo, otros como él, perdieron a sus familias al elegir como única compañera la chicha.

“Nuestras borracheras son tranquilas, vivo en el parque hace muchos años, lavamos nuestras cosas en el río y a veces nos ganamos unos pesos lavando autos, Marco también trabaja de esa forma, la gente rica del lugar ya nos conoce y nos busca para que lavemos, a veces, nos regalan ropa o comida”, cuenta.

Cazar para comer en plena ciudad

Sin embargo, los miembros de la Compañía no pueden esperar la limosna de la gente de su propio barrio, y se dan modos, casi todos ellos, tienen poderosas resorteras o tira chinas con las que cazan gatos que luego cocinan al calor de alguna fogata, aunque la mayor parte de las veces, el preparado de los alimentos queda bajo la responsabilidad del comandante de la Compañía, Fernando “Infierno” Rosas Andrade.

Las resorteras, también, les sirven para defenderse de sus enemigos naturales, los jóvenes y niños adictos a la clefa y los tawi tawis, que se dedican a rebuscar entre la basura.

Un duro trayecto hacia la oscuridad

Siempre nostálgico por todo lo que no pudo ser, “El Capitán Lorito” recuerda que él fue uno de los que creó la Compañía.

“Este ha sido un trayecto muy grande y muy triste para mí, compartí alegrías, tristezas, ‘parrilladas’ (de gatos) con muchos de mis compañeros, a veces, nos ‘rehabilitamos’ por temporadas”, su relato es entrecortado y salpicado de “antes y después”, recuerda a sus seis hijos y a sus nietos, con quienes regresa de vez en cuando, pero los lazos con los amigos y con la segunda etapa de su vida, son más fuertes.

Los ojos de Gregorio se llenan de lágrimas y su ronca voz, truncada por el alcohol, el cigarrillo y su vida a la intemperie, se torna temblorosa al señalar que una de las pocas cosas que recuerda feliz, es su infancia, siempre en Cochabamba, siempre en Cala Cala, entregado a las miserias de la calle y a las historias que confluyen en los locales clandestinos, en donde ahora se junta con sus amigos.

“Ellos siempre se preocupan y si alguna vez yo les falto me vienen a buscar, si pasa algo conmigo ellos se preocupan por mí, a veces, me han llevado al médico tieso como un garrote, pero siempre tengo que regresar a ellos”, sostiene.

Una vez, uno de los hijos de “El Lorito” fue el encargado de rescatar a su padre cuando fue víctima de una crisis nerviosa por la ingestión de alcohol.

Sin un hogar

Aunque la mayor parte de la gente mira con desdén a Gregorio, los que viven como él y todo lo que representan, no se sienten orgullosos de vivir como viven, aunque hayan aceptado su realidad hace muchos años.

“El Lorito”, por ejemplo, señala que la sociedad les ha relegado poco a poco, sacándoles de los lugares en los que trabajaban, sin brindarles alternativas o un hogar donde vivir, por eso, el hogar de Gregorio es ahora un árbol.

“Quiero trabajar y que me den un lugar dónde establecerme, tengo lo que se necesita, voluntad para trabajar y hacer algún bien, que nos dediquemos a la vagancia o la delincuencia está mal, si pueden quisiera que nos ayuden, pero están demasiado ocupados en su política”, apunta, resignado y conocedor, mejor que nadie, de la sociedad de la que forma parte a regañadientes.

Los vecinos que los observan se dividen en dos grupos: los que temen y sienten aprensión al estar cerca a este grupo y los que se compadecen de ellos y todavía creen que pueden ser rehabilitados.

Un grupo como otros cientos



Fernando “Infierno” Rosas Andrade es el comandante de la Compañía “B”, a pesar de su aspecto, su caminar vacilante y uno de sus ojos desviados por alguna pelea de la no quiso escapar, es respetado en su barrio y en su grupo, él se encarga de los suyos como si fuera un padre, asumió esa responsabilidad hace tiempo e, incluso, destina parte de sus ingresos para la comida de quienes menos tienen.

La Compañía que Fernando lidera se reúne en una chichería, cuyo nombre prefieren mantener en secreto, ya que es su segundo hogar y fue clausurada varias veces.

La Compañía B, de “Compañeros y Borrachos”, tiene 18 años de existencia, su primer comandante era conocido como el “Tutula”, el segundo fue Juan Jiménez, ambos fallecidos.

“Ahora visto ropa de él, ésta es su chamarra y ésta es su polera”, apunta Fernando, dando a conocer el grado de afinidad que une a los suyos y que le unió a uno de los comandantes fallecidos.

Fernando tiene 34 años y comanda el grupo desde hace dos, él, como el resto, no siempre fue alcohólico, trabajó como carpintero y se graduó de electricista en La Paz, luego fue transportista y sindicalista, ahora vive de la renta de uno de sus vehículos, de ella saca cada día y de forma sagrada, 50 bolivianos para la comida de algunos de los miembros del grupo, el resto del dinero lo guarda para cualquier contingencia de orden mecánico.

“Fui todo eso y ahora soy borracho, me gusta estar con mis amigos, mi mujer me dejó, me divorcié por razones especiales que más vale tenerlas en el olvido, el único apoyo que encontré desde entonces es éste”, cuenta.

En la historia de la Compañía existe una triste lista de fallecidos, que sucumbieron entregando sus vidas a la bebida y al olvido en algún oscuro local, en cuyas sillas pasaron sentados los últimos años de sus vidas, enfrascados en charlas, discusiones, llantos, risas y largos y melancólicos silencios, interrumpidos sólo por el ritual del llenado de la tutuma.

Pero, la Compañía siempre tiene nuevos “enlistados” entre ellos se encuentran el “Buey”, el “Puchitos”, “Doña Ely” o “El Lorito”.

“No nos dedicamos a chupar netamente, otros trabajan, aunque hay indigentes que vienen a buscarnos, les defendemos cuando les molestan. Toman seguido porque la sociedad en la que vivimos hace que la gente sea inútil, muchos han lavado autos por años, pero cuando llegan las obras, las ampliaciones, los asfaltados, nos botan”, aclara Fernando.

Entre charla y charla, el Comandante de la Compañía pide un balde y comienza por invitar a los recién llegados, mientras, señala tranquilamente que siempre reconoció su problema de alcoholismo y le ayuda al resto a hacer lo mismo, alguna vez le tocó internar a alguno de sus amigos en el psiquiátrico San Juan de Dios, el más reciente estuvo allí unas semanas, le compró ampollas de complejo “B” y lo dejó con tres mudas de ropa, al poco tiempo escapó, pero logró conseguir un trabajo y ahora es guardia de seguridad.

“En realidad, el alcoholismo no es nuestro problema, es de la sociedad, yo vivo en ella y me reconocen muchas personas, pero a otros sólo les conocen por lavar autos, por ello, prácticamente no tienen derechos y sólo pueden dedicarse a esto, muchos necesitan apoyo por su problema, pero al mismo tiempo, otros no tienen ni dónde dormir”, detalla.

La rutina de los compañeros borrachos comienza en la madrugada, en la chichería frente a la plaza Lincoln, allí almuerzan un k’allu, un picadillo con pan, salchichas o medios platos de otro local, que les cuestan dos bolivianos, por la tarde, se despiden o continúan en el local Doña Sara.

“En la tarde, vemos a quién pescamos para manguearle, pero normalmente me duermo y despierto a eso de la 4:00 de la tarde para preparar comida para los indigentes, que llevo en un bañador, como con ellos donde les pille”. De esta forma explica el Comandante su trabajo, asumido como un deber para mantener unidos a sus amigos.

A veces, a pesar de los esfuerzos de Fernando, la comida escasea, así que deben recurrir a otras artimañas, a veces, incluso, fueron los autores de la desaparición misteriosa de algún plato servido en algún local de la zona.

Realidad y esperanza

Fernando y los suyos saben que están atrapados en una rutina mortal, pero aún así, muchos de ellos añoran con salir de la pobreza, tener un lugar dónde vivir o por lo menos trabajar.

“Tenemos un problema, muchos están enganchados, empezando por mí, al margen de que me gusta la bebida”, luego de esta frase, Fernando manda a uno de los suyos a comprar una lata de picadillo que luego abrirá diestramente con un cuchillo, la dueña de la chichería en donde conversa le proporciona algunos tomates y un locoto, con esto tiene su almuerzo listo.

La sociedad, cuándo no

Para este hombre, resignado y realista, la sociedad es el punto de partida de muchas miserias que se reflejan, al mismo tiempo, en cosas como el sindicalismo, la administración pública, la burocracia o la política.

Cuenta que, cuando encontró al grupo encontró una familia, un calor de hogar, y prefiere quedarse con ellos a aguantar los malos tratos del resto de la gente.

“Mejor nosotros no más, si morimos nos morimos. Yo vivo con mis padres, pero no me hago ver, cuando me reflexionan llego a la conclusión de que no quiero regresar al lugar del que vine, la ciudad no me gusta para nada, ya hemos asumido esta vida y no creo que nos rehabilitemos”.

A pesar de estas palabras, el Comandante y el resto de los suyos, aún tienen esperanza cuando apelan a las autoridades, responsables de solucionar los graves problema estructurales de un país que arroja a miles de personas a adicciones como el alcohol cada año.

Al mismo tiempo, Fernando señala que a ninguno de los de la Compañía le interesa lo que opine el resto de la gente, pues ahora han encontrado una nueva vida.


Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia

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