No me refiero ahora a quienes atestan los aeropuertos y cuya partida interpela al país y al proceso de cambios que vivimos, no porque pueda esperarse que resuelva instantáneamente pobreza y desempleo largamente acumulados, sino en cuanto que la esperanza y confianza que ha de irradiar no alcanza para retener a quienes no llegan a ver otra alternativa.
Pienso más bien en los grandes movimientos internos que diariamente trasplantan a gigantescas columnas humanas desde las tierras altas andinas a las bajas del Chaco, las llanuras y la Amazonia y desde el campo a las ciudades.
La migración interna, aunque no ocupe titulares y atraiga escaso interés de cientistas e investigadores sociales, es una potencia en la construcción y modificación del país. Se habló mucho de ella a mediados del siglo XX, a raíz de la “colonización” de tierras agrícolas tropicales y semitropicales, pero, aun cuando la atención que se le presta fue declinando, su importancia se mantiene intacta, a través de oleadas y luego de un flujo continuo y en permanente incremento.
Su influencia es tan grande que puede considerarse como una de las fuerzas decisivas que precipitaron el proceso constituyente y de las que definirán el perfil del nuevo Estado que es la mayor tarea que deberá plasmar la nueva Constitución. En este cuadro, la demanda de autonomías departamentales y culturales, que son parte central de esa nueva estatalidad, se afinca en gran parte en la contraposición de intereses movilizados por los flujos de migración interna.
El trasfondo del discurso sobre “avasallamiento” que ha calado tan hondo y también el racismo contemporáneo, en su vertiente más escurridiza y dinámica que es la contraposición de lo “camba” y lo “kolla”, son reacciones ante la migración interna, como lo es el otro tema central de la Asamblea Constituyente y de la coyuntura, es decir, la propiedad de la tierra.
El motor de estas grandes movilizaciones de quienes dejan el lugar que los vio nacer es la caza de recursos naturales que crean fuentes directas e indirectas de trabajo, rentas y oportunidades de ingreso y mejora de la calidad de vida.
Los cambios constitucionales y una política de población inexistente hasta ahora pueden maximizar su energía, vigorizando una interculturalidad creativa capaz de crear una visión nacional rica y propia. Ninguna norma, en cambio, podrá contenerla, menos si se preservan las inequidades que continuarán empujando a los pobres y desesperados allá donde haya una oportunidad o una ilusión.
Eso hace que todos los egoísmos, localismos excluyentes y la impertérrita discriminación que nos acompaña desde que nacimos como república no tengan otra que ceder ante las mismas fuerzas que han desatado y alimentan continuamente. Si las autonomías departamentales y las culturales o indígenas se conciben y diseñan reconociendo sus orígenes y se conciben como una eficaz vía de ampliación y participación democrática, todos los temores que existen sobre ellas quedarán despejados. De esta manera, quienes apuestan por permanecer en la tierra que los vio nacer o quienes se desplazan dentro del país lo seguirán haciendo con más confianza y esperanza, y quienes piensan en irse podrán revisar esa decisión.
Roger Cortés Hurtado * es Analista político y catedrático
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Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia
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