La madrugada del día en que Evo Morales asumió la Presidencia de la República, Su Excelencia, afirmó que había soñado con el amanecer en el lago Popo y muchos interpretaron al abrazo del sol sobre la dura pampa, como un vaticinio favorable para el nuevo gobierno.
Por la tarde, en la plaza San Francisco, flameaban las wiphalas coloridas durante el discurso del mandatario frente a miles de personadas, y desde entonces, es imposible afirmar que Bolivia volverá a ser el mismo país que fue. Como pocas veces en nuestro historia, el pueblo ha tomado en sus manos el control sobre el destino nacional.
¿Cuál es el discurso del MAS? Es difícil contestar aquella pregunta, y sin pretender hacerlo con los rigores acostumbrados en las ciencias sociales y apoyados en la intuición periodística, creemos que al menos habría que distinguir dos momentos en la formación de este.
Antes de su ascensión al gobierno, largo tiempo estuvieron en guerras caudillas los dirigentes populares. El problema central, no eran las consignas políticas, ya que toda crítica al modelo neoliberal era bien acogida entre la algazara popular, recuperación de la soberanía, destierro a la corrupción, libre cultivo de la hoja sagrada, etc. Todas estas proclamas y tantas otras, excitaban a la asonada popular, siempre creciente e inflamada con la desesperanza que le infundía aquella “democracia pactada”.
Finalmente fue el caudillo de los cocaleros, el sindicato fuerte, quien se erigió como líder de los movimientos sociales. Eran tiempos de las grandes promesas y muchos acudían a enlistarse en las filas del MAS, reaparecieron representantes de etnias consideradas extintas, escuadrones de orcos urbano (digo orcos porque no hallo otra manera para referir la carencia total del sentido de honradez), pero la vieja y nueva guardia de izquierda no se movió, porque en su mayoría ya estaban ahí y de igual forma muchos pueblos indígenas, de modo que entre todos formaron genuino movimiento de masas.
Pero en este país, el momento de las celebraciones y los brazos abiertos en el Palacio Quemado, nunca duran mucho. Pronto le sobrevienen como avalancha las dificultades de un país abatido por el drama del subdesarrollo. La cruda realidad se interpone desnuda, y de inmediato surgen las contradicciones entre ideología y acción, estamos pues frente a un segundo momento en la formación del discurso del MAS: la farsa.
El gobierno descubre una incongruencia entre su ideología y propósitos, iniciales, en relación al cambio posible de la realidad externo e interno de Bolivia. No habíamos tenido la fuerza económica necesaria para derrotar a la globalización, ni es posible exportar en masa la hoja sagrada, ni los sindicatos fuertes apuestan a la nacionalización de sus negocios (cocaleros, comerciantes, cooperativistas, agropecuarios, sólo por mencionar algunos), etc.
Por supuesto, dicha realidad, no estaba prevista en los cálculos de Evo y su estado mayor, sin embargo, estos no asumen al error primario, por el contrario, actúan más ufanos que antes. Nos venden una nacionalización incierta de los hidrocarburos, montan jornadas teatralizadas de apoyo a la hoja de coca (como si eso fuera a liberar el mercado mundial para este producto), etc. Finalmente, cierran filas sobre la importancia de la revolución cultural en Bolivia, revolución que implica la participación directa de las masas excluidas en el poder.
Este último argumento, a mi entender es el de mayor aprecio en la gestión de gobierno, la revolución cultural es clave en un país racista (aunque no tan racista como tantos otros de la región donde se emprendieron sangrientas guerras contra los indios en el Siglo XIX), sin embargo, esta también viene acompañada de contradicciones.
Estas son los odios culturales entre tierras altas y bajas que se han exacerbado y las idealizaciones de las virtudes de los pueblos indígenas, que sin estar carente de ellas, no justifican en los hechos cosas como la justicia comunitaria. Peor aún, muchos dirigentes populares, en medio de la farsa discursiva, sobre la que como actores de gobierno, difícilmente ignoran, se entregan a las viejas prácticas de corrupción que reaparecen como bretes de la peste mal curada.
Es pues necesario que los movimientos sociales oxigenen su ideología y ello se refleje en otro tipo de discursos y acción práctica, de lo contrario, y antes de lo previsto, el amanecer de Evo va a convertirse en un ocaso negro, como esos de los asteroides lejanos que circundan al sol siempre gélidos y nadie conoce.
Juan Anaya Giorgis * es economista.
Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia
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