La Razón Abril 01, 2007



Socialismo (s)


Cuando en 1989 cayó el muro de Berlín, se desmoronó una propuesta de utopía social que había respondido a la evolución del pensamiento occidental y que tuvo, desde Hegel hasta Marx, un soporte teórico que parecía muy consistente. La primera impresión universal, cuyo trovador mayor era Fukuyama, fue que ese fracaso demostraba el éxito de la evolución de las ideas políticas de la antigua Grecia. El fin de la historia era la constatación de que la democracia como paradigma (y el modelo económico subsecuente), coparía la totalidad de las naciones y que, por tanto, el debate ideológico quedaba clausurado. Los seres humanos habían encontrado la respuesta a sus desafíos políticos y sociales. El planteamiento mezclaba optimismo, soberbia y un error en el eje de la lectura. La mirada de la totalidad desde el centro del mundo occidental desarrollado, no permitió ver lo que estaba pasando más allá de la fortaleza que protege ese mundo, o lo que es peor, le dio al vigía la sensación de quien se siente superior y percibe que lo que pasa fuera no es relevante.

El resultado de esa visión es el pantano en el que vivimos hoy. Sin embargo, la respuesta desde el propio hemisferio occidental en el que estamos, no está del todo clara. Atravesamos un proceso de reconstitución de ideologías que intenta recuperar algunas de las piezas dispersas del rompecabezas. El punto de referencia vuelve a ser la utopía socialista, éticamente deseable. Pero ocurre que en el camino han pasado demasiadas cosas. La realización de esa utopía tenía varios de los defectos del vigía Fukuyama. Se construyó desde un centro que no tuvo capacidad de mirar más allá de la fortaleza. A la vez, el modelo democrático occidental no pudo ser derribado, ni siquiera debilitado conceptualmente por la experiencia de las llamadas democracias populares. El concepto democrático occidental vigente es indispensable para la recomposición de la vieja utopía socialista, recuperada del envenenamiento de proyectos de poder totalitarios y excluyentes y experimentos de ingeniería social de devastadoras consecuencias.

Pero, esas piezas sueltas no son suficientes para quienes estamos del otro lado de la fortaleza. Si el eje del vigía se coloca en la periferia —y nosotros somos parte de la periferia— la lectura sería distinta y las respuestas también distintas. Esas nuevas respuestas no pueden ser construidas como si sólo existiéramos nosotros, deben serlo a partir de la realidad de nuestro tamaño, nuestro lugar y nuestra necesidad de vivir como parte de un todo mayor en el que rigen ideas, reglas y modelos determinados. Por muy equivocada que fuese la lectura de Fukuyama, algunos de los valores esenciales que Occidente mantuvo como resultado de ese momento crucial de la historia (1989), no sólo se mantienen inalterables, sino que se han profundizado. Aunque la tentación de creer en la panacea del mercado global librado a sus fuerzas ´espontáneas´, se desmoronó, sus reglas no han cambiado un ápice. Tanto, que uno de los proyectos más sonados en este continente, el denominado socialismo del siglo XXI, tiene su destino estrechamente ligado al mercado mundial y la cotización internacional de un producto específico que se modifica en virtud de muchas variables, de las cuales sólo algunas están en manos directas del interesado. No sólo eso, tiene también una relación con las reglas globales de intercambio económico y con las características de ese intercambio con la primera potencia del mundo. Es, en suma, una experiencia que sólo se puede encarar en la medida en que se juega con las reglas básicas impuestas por el modelo económico mundial, cuya raíz es el capitalismo occidental y la democracia liberal.

Lo que sí ha cambiado son ciertas premisas. Nuestra aplicación de las recetas occidentales, ha sido a menudo tan desastrosa como la aplicación de los dogmas del viejo socialismo del siglo pasado. El liberalismo económico a ultranza resultó ser un gran fiasco. El aprendizaje tuvo un alto costo para quienes lo experimentaron. Tras las sucesivas olas ideológicas, quedó una gran confusión, sobre todo porque un nuevo ingrediente se sumó al debate. Contra la mundialización despersonalizadora, se atrincheró la reivindicación de la tribu como afirmación de la diferencia. Reapareció la reivindicación de las culturas y con ella las etnias y las religiones, aquellas marcas esenciales de nuestro pasado más remoto, señales de la tierra madre de la que provenimos y a la que volveremos.

Armar el rompecabezas con piezas tan disímiles es mucho más complejo y riesgoso que lo fue con los grandes edificios filosóficos occidentales. Pero, cuidado, Occidente sigue allí, su modelo funciona y todavía domina un escenario del que —esto es muy importante subrayarlo— somos parte. La construcción de un nuevo horizonte ideológico tiene inevitablemente que contar con la realidad global y el modelo de intercambio económico que hace parte de ella. Los dogmas no son deseables, mirarse exclusivamente el ombligo es suicida, inventar un mundo ideal que sólo funciona en la abstracción de los debates, es estéril. La construcción de nuestro nuevo paradigma debe responder a la realidad de hoy, cuya vigencia tendrá un tiempo limitado. En consecuencia, más allá de las respuestas económicas promovidas todavía de modo confuso por el denominado socialismo del siglo XXI, lo que importa es la construcción de un escenario humano de convivencia, respeto, tolerancia e inclusión, del que el modelo económico y nuestras relaciones con el mundo, son una parte muy importante, pero no su alma ni su corazón.

Carlos D. Mesa Gisbert * es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.


Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia

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