Todos sabemos que la universidad y, en general, la educación son un bien público. Todos sabemos, por consiguiente, que la universidad “nacionalizaba” la ciudadanía; culminaba el proceso de convertirnos en bolivianos. Este carácter público y nacional, intuitivamente, señala que debería existir cierta correspondencia entre lo que la universidad elige como línea política y lo que el país busca. Sin embargo, las elecciones en las universidades públicas de Bolivia han sido siempre un extraño indicador de las derivas políticas de los sectores medios. Extraño porque sus resultados suelen ir a contrapelo de lo que el país busca y elige como gobierno nacional. Extraño, también, porque, como la ciudadanía la ejercen sobre todo los sectores medios, son ellos los que marcarían la corriente de los equilibrios nacionales.
La universidad pública de hoy no es la de ayer. La de ayer: la del 30 y la autonomía institucional, la del 52 y la autonomía ante el Estado, la del 70 y el cogobierno docente estudiantil, la del 82 y la vinculación con las necesidades sociales, era, finalmente, una sola. Era una universidad pública y nacional cuando ambas necesidades convergían en la democracia. Esto explica, entonces, aquello de que la universidad era la reserva democrática. Esto explica, al mismo tiempo, que la universidad hoy no es la de ayer porque ninguna de esas responsabilidades la caracterizan hoy institucionalmente.
La universidad pública sigue siendo autónoma, pero reducida a burocracia descentralizada. El cogobierno es apenas un formalismo administrativo y tantas veces prebendal. La interacción social, un ejercicio caritativo, y muchas veces ni eso. Y como esta caída demuestra que la universidad dejó de ser crítica consigo misma, también dejó de ser pública y nacional. Hoy es apenas un remedo de su propia historia.
Así se explica que las elecciones en las universidades públicas sean consecuencia empobrecida, ya no anticipación de futuro. Y que la fuerza unificadora, la potencia nacionalizadora de los sectores medios, ya no tenga presencia universitaria.
La UMSA, la universidad pública más grande e importante del país, acaba de culminar la primera vuelta de sus elecciones rectorales. El resultado, para los que no conocen la dinámica política interna, ha sido completamente sorprendente. Las dos primeras fuerzas están asociadas a énfasis en la gestión. Las dos perdedoras, a filiaciones ideológicas afines al Gobierno nacional. Uno podría concluir, facilonamente, que este resultado demuestra el distanciamiento entre los sectores medios —encima paceños— y el Gobierno; o que la necesidad de eficiencia y resultados es lo que ahora convoca a la pequeña burguesía, los mediatinta o como se denomine a los que habitan el pragmatismo ideológico. Creo que la conclusión facilona, a pesar de ser mecánica, tiene algo de cierto. Pero también revela una nueva cultura política. La de que para los sectores medios lo que cuenta en el nivel local o institucional es quien gobierna con resultados, y que quien cuenta en el nivel nacional es quien nos devuelve dignidad. Esta extraña combinación también mecánica, de condicionamiento reflejo entre pragmatismo para la vida diaria y dignidad para la colectiva, caracteriza nuestra cultura política urbana.
Que nuestra vida nacional —por lo menos en el ámbito urbano— ya no esté conducida predominantemente por la política ideológica, y que ésta haya sido equilibrada por las políticas públicas, revela utilitarismo, pero también lecciones aprendidas. Después de haberse quemado tantas veces, los sectores medios ya saben que con el fuego no se juega.
Guillermo Mariaca Iturri * es Doctor en ciencias sociales
guillermomariaca@gmail.com
Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia
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