La Prensa Abril 01, 2007



Ocho y medio: Animales


Caballos: El 3 de enero de 1889 Nietzsche se volvió loco. En las calles de Turín, Italia, vio que un cochero maltrataba a su caballo: corrió hacia la bestia, se abrazó a ella y desvió los azotes. Dicen que la escena es apócrifa o viene de una novela (Crimen y castigo de Dostoyevski). Años después, otro filósofo alemán, T.W. Adorno, sugirió que cuando todos nos interpongamos entre el látigo y el caballo nos volveremos humanos. Adorno pensaba acaso, además, en el aforismo de Kafka: “El animal le quita al amo el azote y se azota a sí mismo para ser amo, y no sabe que lo que hace es sólo una fantasía producida por un nuevo nudo en la correa con la que azota el amo”. Un sudafricano de la misma sangre germánica, el premio nobel J. M. Coetzee, escribió hace poco, por encargo, un ensayo sobre “la película más influyente en su vida”. Escogió Vidas rebeldes (The Misfits, 1961), la última en las carreras de Clark Gable y Marilyn Monroe.

La cinta relata las desventuras de un par de vaqueros marginales que se dedican a la caza de caballos salvajes (vendidos luego, descubrimos al final, como materia prima en la fabricación de comida para perros). Lo que cautiva a Coetzee en esta mediocre película es simple: el sufrimiento que vemos es real. Esos pataleos, ese pánico, esa baba de los caballos atrapados suceden realmente frente a la cámara, en un momento irrepetible, irreparable.

Monos: En zoos, chimpancés que no sabían nadar han muerto ahogados tratando de salvar a otros chimpancés que no sabían nadar. Estos actos de solidaridad suicida sugieren, según antropólogos, que ciertos principios morales basados en la empatía grupal son resultado de nuestra evolución como especie. Un experimento fue diseñado para probar esta hipótesis: un grupo de monos rhesus fue obligado a pedir comida tirando de una cadena. Luego de unos días, el experimento fue modificado para que cada vez que tiraran de la cadena, otro mono recibiera una dolorosa, pero inofensiva, descarga eléctrica. Se descubrió que los monos preferían someterse a huelgas de hambre para evitar herir al prójimo.

Perros y chanchos: Mi particular barómetro de la crisis permanente de Bolivia tiene que ver con perros. Con los de la calle: dependiendo de cómo les va a estos quiltros, me hago una idea de cómo le va al resto. Y la verdad es que, en 2005, los vi bastante bien: nada flacos, laboriosos, bastante confiados en el género humano. Aunque, a veces, escenas como las que Adolfo Cárdenas construye en su novela Periférica Blvd (la Policía masacra a los perros de un grupo de artilleros) me quitan el sueño.

No es un dato desdeñable que en las ciudades rusas azotadas por la zozobra del capitalismo real se haya vuelto un deporte atropellar perros. El ensayista marxista Perry Anderson publicó un deprimente diario de sus viajes por la Rusia postsoviética: describe, por ejemplo, a usuarios de un bus que aplauden cuando el chofer se desvía un poco para alcanzar a un perra preñada y pisarla. Poco antes de suicidarse, el escritor peruano José María Arguedas escribió que unos de sus pocos alivios consistía en revolcarse con perros. También describió el placer de rascarle la panza a los chanchos, que , al parecer, cantan cuando uno lo hace. No pensaba en ello René Zavaleta Mercado cuando escribió el fragmento más querido de la historia del ensayo en Bolivia: “Aquí sí que unos hombres mueren como perros para que otros hombres coman como cerdos. Ésta es la patria de la injusticia social, y, si no fuera por sus masas, sería mejor que no existiera Bolivia.”

Hombres: “Científicos” iniciaron el siguiente experimento: tirar ranas a un recipiente con agua hirviendo. Comprobaron que algunas se salvan saltando fracciones de segundo después de hacer contacto con el agua. Luego, pusieron unas ranas en recipientes llenos de agua fría y los calentaron gradualmente. Comprobaron que las ranas se dan cuenta muy tarde de que están siendo quemadas: mueren todas. Otro grupo de imbéciles puso una mona con su cría en una jaula de metal. Calentaron el piso lentamente. Querían medir el “instinto maternal” de la mona, es decir, en qué momento usaba a su cría (parándose sobre ella) para protegerse de la plancha de metal.

Gatos: Tengo nueve gatos, así que hablar bien de ellos representaría, de mi parte, un obvio conflicto de intereses.

Mauricio Souza Crespo * es Comunicador y catedrático boliviano en EEUU

souzamm@yahoo.es


Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia

© 2007 CEDIB - www.cedib.org