La Razón Abril 03, 2007



Carreteras de la muerte


En lo que va del año, sin tomar en cuenta Año Nuevo y Carnaval —fiestas en las que no se produjeron incidentes—, los accidentes de tránsito han cobrado más vidas que las inundaciones producto de El Niño. La comparación puede resultar grotesca...



El control para la prevención de los accidentes de tránsito en carretera tiene ocasiones especiales en el país. Es decir, la Policía Caminera se pone en apronte en viernes y sábado de Carnaval, en Semana Santa, en Navidad, en Año Nuevo y en una que otra festividad regional como la fiesta de Urkupiña en Cochabamba. El resto del año, el servicio flaquea al grado de que las carreteras en Bolivia se convierten por más de 350 días en sitios de riesgo, de desgracia y de accidentes de tránsito.

¿Es posible evitar esto? La respuesta es sí. Y como ejemplo está la efectividad del control de la prevención de los accidentes de tránsito durante los últimos carnavales, donde los registros de incidentes y los saldos fatales son mínimos. Es decir, la prevención fue efectiva y funcionó.

Y claro, la Policía estuvo en la mira y necesitó demostrar efectividad colocando, por ejemplo, un efectivo de seguridad en cada autobús de servicio interdepartamental que viajaba a Oruro, revisando el cumplimiento de las normas de seguridad o la existencia del botiquín de primeros auxilios, y ejecutando los controles técnicos en los vehículos y las verificaciones de toxicología en los conductores.

Pero si se verifica que ese procedimiento se cumpla todos los días del año, la sorpresa es grande. La prevención es selectiva y se aplica sólo en ocasiones especiales o feriados.

No sólo que se saltan los procedimientos, sino que reinan las leyes de la permisividad y la complicidad. Es decir, nadie verifica el buen estado técnico del vehículo de servicio público para viajes interdepartamentales o interprovinciales y menos la existencia de un botiquín o el estado de sobriedad del conductor.

Por ello, durante el año y en temporadas en que no transcurre ningún feriado o fiesta particular, los accidentes se reproducen. En la mayoría de los casos por fallas humanas, donde el conductor —dada la cultura de la imprudencia que domina el sector de los choferes— o excedió la velocidad, o se durmió para la exhausta jornada laboral o, lo más grave, estaba en estado de ebriedad.

Hace poco se conoció la denuncia de un habitual viajero entre la ruta Oruro – La Paz. La queja iba en sentido de cómo el conductor de un camión de transporte pesado, en cuya carrocería llevaba vehículos importados en dos pisos, iba zigzagueando por la carretera a una velocidad que excedía los 100 kilómetros por hora, nada más y nada menos que con una lata de cerveza en una mano, mientras cogía con la otra el volante.

El conductor había pasado por lo menos tres trancas de peaje, donde se supone que existe personal de la Policía Caminera. Nadie lo paró y el chofer siguió su ruta bebiendo y corriendo.

En lo que va del año, sin tomar en cuenta Año Nuevo y Carnaval —fiestas en las que no se produjeron incidentes—, los accidentes de tránsito han cobrado más vidas que las inundaciones producto de El Niño. La comparación puede resultar grotesca pero es necesaria, porque debido a la imprudencia y la falta de control y de prevención, Bolivia ocasiona en sus carreteras más muertos que en cualquier desgracia natural.

Las desgracias naturales conmueven al país, ¿por qué no producen el mismo efecto las muertes y pérdidas por culpa de los accidentes de tránsito en carretera?


Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia

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