Para ser soportable, la derecha debe tener un liderazgo excepcional. Claro, siempre y cuando se trate de seducir, y no de violar. O sea, si se trata de acceder al poder por la vía democrática, y no por la fuerza, hace falta bastante más que el viejo libreto (orden, paz y trabajo), la marmaja, los asesores en marketing, el aparatito político a sueldo y los padrinazgos internacionales. Todo eso puede ser suficiente para mandarse una bonita elección, y eventualmente hasta para ganarla con un quince o veinte por ciento de los votos. Obtener rotundamente el poder es otra cosa.
Los proyectos de derecha medianamente exitosos en nuestro país, es decir, aquellos que se dieron media vuelta de tuerca para incrustarse mínimamente en el desarrollo de un proyecto nacional, tuvieron que enraizarse en la tradición y la mística residuales de proyectos revolucionarios, ya sea provenientes del nacionalismo revolucionario, del marxismo o inclusive del populismo militar. Casi tuvieron que disfrazarse de izquierda para ejercer la iniciativa política en un concierto histórico abigarrado y de profundas contradicciones irresueltas, en el cual la doctrina liberal pura y dura, nunca tuvo asidero.
Fueron fruto y reacción de la lenta descomposición de proyectos ajenos, pero además estuvieron encarnados en liderazgos nítidos y sobresalientes, con la suficiente audacia y creatividad para generar espejismos progresistas desde el conservadurismo.
Ese es, entre otros, uno de los dramas de la actual derecha boliviana: a su falta de proyecto nacional se suma una notoria ausencia de liderazgo que la coloquen a la altura de las circunstancias históricas. La derecha, actualmente atrapada en límites regionales o corporativos, es víctima de su pasado inmediato más que de la hegemonía oficialista. Su modus operandi, basado en el pragmatismo ahistórico y en la obsesiva voluntad de implantar la modernidad liberal en una sociedad precapitalista, fue causa de su caída y también es causa de la anomia que le impide recomponerse y generar liderazgos frescos y legítimos.
La catalepsia política de la derecha se produce cuando ésta abdica a su facultad esencial de hacer política, para dedicarse exclusivamente al marketing. El goce y la repartija cotidiana del poder durante varios gobiernos sucesivos, terminó adormeciendo su último vestigio de reflexión teórica y filosófica, para convertirla en una simple caja de resonancia de un modelo que muestra serias señales de agotamiento en el creciente mundo de la periferia. Si la derecha no levanta la cabeza, nada tiene que ver esto con los aciertos o los desaciertos del Gobierno, sino con la pereza de formular, desde las ideas, un proyecto de país más allá de las consignas; la pereza de bajar a la ciudadanía a recoger y a hacer circular un discurso transversal a los intereses nacionales; la pereza de afrontar la discusión ideológica con sus antagónicos; la pereza de trabajar desde las bases y sembrar liderazgos alternativos.
Claro, resulta mucho más fácil apostar a los golpes de imagen mediáticos, al pequeño rédito de las metidas de pata del Gobierno, para intentar convencernos de que las cosas andan igual de mal que antes, y de que el desgaste del Gobierno en un año de gestión, es el equivalente al de una década de decadencia. Quieren recuperar el poder, pero todavía no saben explicarnos por qué y para qué. Lo más grave: ni siquiera sospechan que la verdadera oposición tardará en llegar, y saldrá de las entrañas mismas del MAS, como parte natural de sus contradicciones internas y de su acumulación de poder.
Ilya Fortún * es comunicador social.
Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia
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