No, de ningún modo me refiero a La náusea, obra literaria y filosófica existencial del francés Jean Paul Sartre, sino a la desagradable sensación que provoca esas ganas de vomitar cuando estamos afectados por alguna dolencia, pero también –como en mi caso– debido a las noticias locales y nacionales marcadas por el habitual tema de la corrupción.
Ésta es la segunda vez que escribo acerca de este asunto. La primera vez fue hace ocho años, en 1999, cuando fuimos declarados en todo el planeta –por unanimidad y méritos propios– ‘campeones de la corrupción’. Desde esa fecha hasta hoy, el panorama en Bolivia sigue siendo casi el mismo, pues todos sin excepción, desde los desterrados gobiernos neoliberales hasta el autodenominado ‘gobierno del cambio’ y las prefecturas departamentales, se dieron cuenta de que tienen que abandonar ese discurso de adolescente enamorado –plagado de halagos, frases bonitas y buenas intenciones– para terminar con ese enemigo interno.
Los últimos días he vuelto a sentir náuseas cuando oí que una autoridad del sistema de pensiones fue encarcelada porque cobraba las rentas de jubilados fallecidos. Y sentí el doble de náuseas cuando me enteré por la prensa de que Bs 90.000 habían sido ‘distribuidos’, cual botín de tesoro encontrado, entre integrantes de la Federación Universitaria Local (FUL) de ‘la Gabriel’, esa pobre universidad, tan vapuleada y tomada por asalto por dirigentes ‘vitalicios’. Si bien el asunto debe escandalizarnos un poquito más de lo que ya estamos, francamente no creí que la miseria y la sordidez llegaban a semejante extremo.
¿Y por qué la gente se corrompe tan fácilmente? ¿Cuáles son los motivos para que lo torcido sea tomado por recto? Muchos atribuyen la corrupción al desempleo, los bajos salarios y la crisis económica, factores íntimamente ligados entre sí, pero que no explican en su integridad la génesis del problema. A este respecto quiero hacer hincapié en el rol que debe jugar la familia, la primera y principal fuente de inculcación de valores, pues de ésta depende –en gran medida– el éxito o el fracaso del perfil personal de los futuros ciudadanos.
Hoy la familia se encuentra debilitada en tanto agente de transmisión de valores. Como la tendencia actual apunta a la constitución de familias monoparentales, cuya responsabilidad recae en uno de los dos progenitores, los directos perjudicados por esta situación son los hijos, justo cuando atraviesan y viven con intensidad la etapa de la infancia, fase de la vida en la que ‘aprehenden’ sus primeras experiencias, los valores sociales y las reglas de comportamiento que marcarán el resto de su existencia.
Por tanto, si a un niño se le priva de estos elementos nada raro que en el futuro tienda a asumir como ‘normales’ ciertas conductas anómalas. Esto que digo me hace recuerdo a la historia del Zambo Salvito, mítico personaje que delinquía en los caminos de la zona de Yungas de La Paz. Una vez capturado, éste recibió la visita de su madre en la cárcel, a la cual le pidió que se acercara porque tenía algo que decirle al oído. Ya junto a ella, el Zambo Salvito le arrancó de un mordisco la oreja y le recriminó porque de niño ésta jamás le dijo que estaba mal robar alfileres, canicas, botones y otras cosas pequeñas.
Muchos padres actúan así en el presente y esta historia es una gran moraleja para aquellos progenitores que se han vuelto demasiado permisivos con sus hijos. Esto nos enseña que la corrupción puede también echar sus venenosas raíces en el seno mismo del hogar.
Rodrigo Barahona Lara * es Sociólogo
Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia
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