Cambios bruscos se han operado y se siguen operando en el modelo (si es que lo hay o lo hubo alguna vez) de nuestra cuatricentenaria ciudad capital que avanza hacia sus primeros quinientos años de existencia.
Y por supuesto que los cambios bruscos se justifican al menos a la luz de lo ocurrido aquí a partir de mediados del siglo pasado. Sabemos, si no todos, al menos una inmensa mayoría de gente madura que hasta promediados los años cincuenta, Santa Cruz de la Sierra, con todos sus encantos y exquisiteces originales, no pasaba de ser una aldea no muy grande y privada de los servicios básicos como agua, luz, pavimento y alcantarillado. Mas en aquel tiempo coincidió con la aldea, su transformación en un centro rico potencialmente, poseedor de recursos naturales verdaderamente inagotables y urgido de brazos, de capitales, de mecanización y con capacidad planificadora y determinacón, a la vez, para ponerla en juego sobre la marcha.
Lo que siguió fue una extraordinaria afluencia humana que activó múltiples fenómenos sociales y, muy en particular, estructurales, es decir, del sector de las construcciones, incluyendo calles y plazas.
Sin orden ni concierto, sin un mínimo de consideración a lo que ya estaba en pie y que era el reflejo de la gente nuestra, empezó a edificarse dentro del estrecho casco viejo sin que institución ni autoridad alguna ejercitara el control debido, señalando expresamente lo que debía conservarse sí o sí. No es por nada que la arquitectura de nuestro centro urbano poco o nada dice de nuestro pasado. Es un híbrido carente de atractivos en que al lado de un edificio moderno todavía sobrevive una casucha que es vivienda y no refugio de fantasmas.
Por lo que concierne a las calles y avenidas, es fácil estimar que allí hemos tirado la casa por la ventana, hemos gastado a manos llenas lo que teíamos y lo que no teníamos y que una buena parte se ha ido en construir rotondas que al cabo de no muchos años han sido demolidas, seguramente gastando otros borbollones de plata en efectivo.
No tenemos la más insignificante idea de lo que es la materia urbanística, pero en razón de nuestras crónicas limitaciones estimamos que, si hacer buena labor urbanística supone hipotecar hasta el alma, nosotros no estamos en condiciones, ni muy remotamente, de permitirnos tal hipoteca y menos rumbosos planes cosméticos en la ciudad, a la que amamos con encendidas devociones, indudablemente.
La ciudad se ha extendido mucho más allá de lo que racionalmente podrían esperar los más optimistas. Pero da la impresión de que sigue fallando un organismo regulador que norme los alcances de cada proyecto de construcción. Creemos que por allí puede empezar a cambiar la cosa para bien.
Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia
© 2007 CEDIB - www.cedib.org