El recuerdo del dolor, me he dado cuenta, es aún peor que el dolor mismo en el momento en el que se lo siente y creo que eso está relacionado específicamente con el miedo a sentirlo de nuevo. Nadie quiere sufrir, nadie quiere sentir dolor, ni físico ni el más mínimo sufrimiento emocional, esas cosas nos hacen humanos, me siento más humana, más real cuando me siento angustiada y cuando siento miedo que cuando, sin más opción, tengo que ser valiente y afrontar lo que viene.
En los últimos días, estuve sufriendo seriamente por el miedo al dolor que, supuestamente, sentiría en un examen que debían practicarme. El examen consistía solamente en tomar una muestra de médula del esternón. Para eso, imagínenlo, hay que meter una aguja gruesa en el pecho, debajo del cuello y extraer la muestra, la sola idea es impresionante y les juro que he pasado momentos horribles solamente imaginando el dolor que iba a sentir, basado en el recuerdo del dolor que había sentido en otros procedimientos similares. Mi ritmo cardiaco se aceleraba, tenía esa horrible sensación del nudo en la garganta y las ganas de llorar todo el tiempo, tenía miedo y sentía vergüenza por tener miedo.
Llegó el momento del examen y estaba paralizada por el miedo, ya había imaginado cientos de veces la aguja entrando en mi pecho, el sonido del hueso al perforarse por la aguja, los movimientos de la aguja una vez dentro de mi cuerpo, el dolor cuando absorbieran la muestra y la salida de la enorme aguja, casi no podía respirar por el temor. Decidí enfrentarlo y concentrarme lo más que pudiera en las sensaciones, estaba claro que durante el procedimiento no debía moverme, no debía hablar y respiraría de la manera más controlada posible... estaba lista, luego sería capaz de enfrentarlo todo, se convertiría en un hito en mi vida, el día que sentí más miedo, más dolor y pude controlarlo.
La verdad es que respiré profundo, sentí el ligerísimo ardor de la anestesia al entrar, sentí un poco de presión en el hueso, ningún dolor. Estaba tan impresionada por la técnica perfecta del médico que pude hablar, reír, respiraba de la manera más normal y tenía la aguja aspirando la muestra en mi pecho, apenas debajo del cuello, en pleno esternón. Sentía un alivio increíble, pero no era un alivio del dolor, no lo había sentido; era un alivio del miedo, de la angustia, de las imágenes que yo misma me había creado para torturarme, me sentía libre de mis propias trabas y me sentía feliz; en primer lugar, porque no había sufrido nada y, en segundo lugar, porque había tenido la revelación más importante, realmente mi cabeza había jugado conmigo durante días, y nunca más se lo permitiría, les hubiera encantado verme sonriendo con una aguja en el pecho, especialmente, con una aguja de ese tamaño en el pecho.
Creo que la moraleja está clara, aunque nunca quise que mi carta tuviera moraleja, pero quería compartir con ustedes el mejor ejemplo que tengo de cómo nos dejamos dominar por emociones y sentimientos tan dañinos, permitimos que paralicen nuestras vidas, nos permitimos ser un obstáculo para nosotros mismos y dejamos que el miedo se apodere de nuestras vidas y, muchas veces, el monstruo ni siquiera es real, en otros casos, el monstruo ni siquiera es tan grande y en los mejores casos, nosotros podemos ser más grandes que el monstruo y guardar esa fortaleza para siempre.
Luchar contra una enfermedad, gracias al cielo, había significado luchar contra muchas más cosas, lo hace en cierta forma más complejo, más difícil, extiende el campo de batalla y el tiempo de lucha, pero lo hace también más enriquecedor y mucho más interesante.
Alejandra Cardozo Rejas, * padece leucemia.
Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia
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