La Razón Abril 08, 2007



Psicomagia y cuentos oficiales


Rubén Amado y Albertito Neri tenían pocas afinidades, aunque eran primos cercanos. El primero era un joven piloto de la Fuerza Aérea Boliviana que soñaba con ser también sicólogo. Creía firmemente que los problemas de Bolivia estaban en el alma nacional. Albertito era un abogado de éxito y asesor del gobierno que hace muchos años libraba una batalla titánica contra la calvicie.

Rubén Amado, que era conocido en los círculos más íntimos como Amadito, después de cinco duros años de estudio en la Universidad Mayor de San Andrés se graduó de sicólogo, con una tesis que marcó época en la facultad. Titulaba: “La angustia de los pilotos a la hora del despegue”. Orgullo de la familia y también de su pueblo natal Villazón, tierra de pilotos, Amadito era bien casado y tenía dos retoños.

Cierta mañana, como de costumbre para ir a trabajar, Amadito se despidió de su familia cariñoso, besó a los vástagos, miró de chanfle a su mujer, atravesó la puerta y dactilografió en el aire en señal de adiós. No obstante el rutinario adiós, Amadito nunca volvió a aparecer en su hogar. Pasaron días, luego semanas y después años y al piloto-sicólogo se lo había tragado la tierra. A la angustia y desesperación de la familia en un primer momento, sobrevino una dolorosa resignación. La rutina hizo su trabajo y dio consuelo a la abnegada esposa.

Alberto Neri, primo tupiceño de Amadito, sin la menor sombra de dudas era un hombre persistente. Desde muy joven sabía que tendría un futuro descabellado, pero había entablado una batalla a muerte contra la calvicie prematura. No se resignaba a persignarse desde la nuca, pero se arrepentía por haberse lavado el cabello con jabón patria durante toda su adolescencia, para verse más tampulli. Había intentado todos los recursos médicos y caseros, por su sacrificada cabeza ya habían pasado infundia de gallina, placenta de guagua, acullico fresco, jugo de limones, tarijeños entre otras cosas peores, con resultados poco alentadores. Era tanto su trauma, que sólo andaba con melenudos.

Albertito peinaba los pocos cabellos que le quedaban con el cuidado de un neurocirujano. También ejercía el papel de prestamista, usando largos mechones de la nuca para engañar su irremediable destino de pajla. Cuando se tomaba unos traguitos, el préstamo capilar se deshacía y le llegaba a la cintura, dándole, al doctor en leyes, una gracia de adonis andino en retirada.

En cierta ocasión, un amigo le comentó sobre un curaca blanco, que prácticamente resolvía todos los males del espíritu y del cuerpo. Albertito ardió en esperanza de recuperar su blonda cabellera. A la primera oportunidad que tuvo marcó un encuentro con el renombrado galeno del alma. La fama del maestro de la psicomagia trascendía fronteras, y se decía que ya había ayudado a parar una hiperinflación y contribuido a la nacionalización de una peluquería argentina. En lo que a este escribidor respecta, debo dar testimonio de que me curó de un problema en los jolkes, amarrándome un gato negro muerto en la cintura.

Albertito sudaba copiosamente en la sala de espera del Curaca. Cuando ingresó al consultorio tuvo una experiencia mística, lo que avivó sus expectativas y esperanzas. Había una penumbra húmeda, un rosario de velas y santos de todas las religiones decoraban el lugar. Inclusive una wiphala flameaba sin viento. En el fondo, en una sombra diurna, un hombre que se acercaba peligrosamente a los cincuenta años fumaba cigarrillos Astoria y vestía una túnica que hace mucho tiempo había sido blanca pero que no ocultaba cierta obesidad. La forma de pera del consultor de espíritus delataba su buen diente, pero también resaltaba su parecido con Buda.

Acongojado con el aire trascendental y sobrenatural que reinaba en el lugar, Albertito fue al grano y explicó su problema. El curaca blanco entendió la angustia del pedido y con voz firme ordenó al visitante tenderse en el suelo, boca arriba, para iniciar el rito que devolvería al jurisconsulto los añorados cabellos. El ambiente era pesado y sólo se oía la respiración de ambos hombres. El curaca dio una vuelta entera esparciendo un polvo alrededor del cuerpo de Alberto, quien había cerrado sus ojos en señal de obediencia y concentración. Ya se veía corriendo, cabellos al viento, en el parque de Cota Cota.

El psicomago del ajayu comenzó la ceremonia pronunciando cánticos y palabras que parecían una mezcla de aymara, español y portugués, lo que aceleró el ánimo de Alberto, que siempre había oído hablar de los poderes de la macumba brasileña pero que ahora al juntarse con la sabiduría andina, el ritual le parecía simplemente imbatible. Acostado en la gloria de la esperanza, le rezaba a Iemanjá y a la Pachamama. El curaca blanco retrocedió unos pasos, prendió un fósforo y encendió el áurea de polvo que había colocado en Alberto. Fueron segundos de psicomagia. La explosión paralizó el corazón del jurisconsulto que no tuvo tiempo de reaccionar ante el efecto pirotécnico. Cuando volvió a respirar con furia asesina descubrió que la pólvora del curaca le había chamuscado los pocos cabellos que le quedaban y el préstamo de la nuca que tanto le había costado hacer crecer.

Como no podía ser de otra manera, el recién pelado Alberto le saltó al curaca con la absoluta convicción de matarlo. Sus manos se engraparon en su cuello. En cuestión de segundos el curaca comenzó a blanquear los ojos y a adquirir un morado poliglobulia asustador. Con los últimos hálitos de vida balbuceó: “Albertito, Albertito no me mates soy yo, el Amadito tu primo de Villazón”.

Amadito fue víctima del mal que se conoce, técnicamente, como borrachera de culo y había huido con una súbdita brasileña a Columba, donde sus dotes de piloto y sicólogo le habían permitido rápidamente iniciarse en las artes tanto del candomble como de la macumba y comenzar una nueva vida junto a su amor de contrabando.

Querido lector a estas alturas de la columna se preguntará qué diablos tiene que ver la anterior historia con la economía o la coyuntura. Absolutamente nada, pero como el Gobierno viene contándonos historias de nacionalizaciones mágicas, reinos comunitarios encantados y otros milagros económicos, yo también he optado por contarles un cuentito a manera de que usted lector dominguero pase una buena Pascua.

Gonzalo Chávez * es economista y curandero a medio tiempo.


Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia

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