Gobernar es un infinitivo que no siempre encuentra correspondencia conceptual con destreza o habilidad, dos virtudes que constituyen supuestos básicos para que tenga éxito cuanto se haga desde el poder político a favor del pueblo. A menudo se da más bien la consonancia entre gobernar y dominar, por sólo citar una de las poco menos ominosas.
Que destreza, habilidad y racionalidad no figuren en el bagaje del gobernante suele darse preferentemente en países rezagados en el ranking del desarrollo mundial. El subdesarrollo responde a causas estructurales que no son superables de la noche a la mañana, sino a lo largo de todo un proceso de acciones gubernamentales para un progresivo crecimiento económico. Este es un camino cuyo recorrido exige, además, paz social y política, reglas claras y seguras, tanto para la inversión doméstica cuanto para la foránea. Se agrega a la lista de exigencias un plan de promoción de desarrollo con visión de futuro que se concilie con las tercas realidades que impone el proceso de la actual globalización, el mismo que más que político es esencialmente económico, tecnológico y científico.
Sobre tales bases y la concurrencia de factores coyunturales de mercado internacional para producir y vender más y mejor allende las fronteras nacionales, el ascenso a superiores niveles de desarrollo no es tan cuesta arriba como cuando acontece lo contrario.
Política y economía constituyen inseparable binomio. La primera señala rumbos y la segunda le marca a ésta los límites que no puede ni debe trascender. Todo gobernante convierte al Estado en barco a la deriva si en su cuadrante se atiene solo a la ideología, sin considerar para nada las posibilidades reales de ejecución del programa que ella le sugiere.
En Bolivia, el Gobierno actual, desde que asumiera el poder, más se ha dedicado a la política que a la economía. Concentra en ella todo su tiempo, convencido, al parecer, de que las claves del cambio que pregona no se hallan en aquélla, sino más bien en el control total del sistema institucional del país. La convocatoria a una Asamblea Constituyente que hasta la fecha no aprobó un solo artículo de la futura Carta Magna; el proyecto de elecciones generales para 2008, con reelección presidencial mediante, así como el reordenamiento político-administrativo y territorial del país en términos contrapuestos al modelo de autonomía regional que quieren varias regiones y el voto para los jóvenes de 16 años, entre otras propuestas, apuntan en la dirección mencionada.
La extrema politización de la gestión pública transcurre en medio de una fraseología alusiva a “proceso de cambios” con “nacionalización de los hidrocarburos (que no fue tal), a “Estado Social Comunitario” inserto en un proceso de “Integración de los Pueblos” y a otras lindezas no connotativas de avance en la senda del desarrollo.
El único objetivo del actual Gobierno parece ser la hegemonía política. Ni remotamente considera que ella no es posible sin resultados efectivos en el campo de la gestión económica. Tan efectivos, que el pueblo perciba enseguida que en materia de empleos e ingresos le va mejor que antes. Sin esto, es totalmente efímera cualquier hegemonía alcanzada bajo el alero de factores favorables de carácter puramente coyuntural. Es castillo de naipes que tarde o temprano no resiste el soplido del desencanto popular.
Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia
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