Los Tiempos Abril 08, 2007



Vallejo: "Quiero escribir pero me sale espuma"


Homenaje al extraordinario poeta peruano César Vallejo, quien constituye en esencia el reflejo del hombre identificado con el dolor.

Sin duda, su muerte no significó la desaparición de su esencia y de su palabra, al contrario, se aferró a los que día a día nos convertimos en centinelas de su eterna existencia y su constante renacer a la vida, aquella vida que no siempre se portó halagüeña y delicada, interponiéndose como un capricho entre la crueldad y la dicha.

"Heces", podría ser, en buenas cuentas, el emisario más delicado para poder transmitir todo el dolor interno del espíritu de Vallejo.

"Esta tarde llueve, como nunca; y no tengo ganas de vivir, corazón.

Esta tarde es dulce. ¿Por qué no ha de ser? ¿Viste gracia y pena viste de mujer".

César Vallejo constituye en esencia el reflejo del hombre identificado con el dolor. No comprendo tanta amargura en su espíritu, tampoco reconozco vitalidad en su mirada, pero sí concibo esa primavera tan profundamente incrustada en su palabra que, paradójicamente me hace sentir que todavía sonríe.

Mallarme decía que la "poesía no se hace con ideas. La poesía se hace, ante todo, con palabras". "Quiero escribir pero me sale espuma, quiero decir muchísimo y me atollo, no hay cifra hablada que no sea suma, no hay pirámide escrita sin cogollo".

Este es, quizá, uno de los fragmentos de "Intensidad y altura" que con más emoción y dolor leí por primera vez, fue más o menos en el otoño de 1980. Una fecha inclaudicable, yo diría profundamente humana, tan cercana a ese instante premonitorio, "como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; y volvemos los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada".

Han pasado 69 años desde aquel Viernes Santo místico y oscuro en el que César Vallejo, como una inevitable premonición profética encomienda su esencia y su palabra al supremo Hacedor. Fue poco después de que las fuerzas franquistas fraccionaran al ya disminuido territorio republicano. El día se había cumplido con exactitud casi religiosa, su cuerpo inerte y desolado se alzaba triste pero al mismo tiempo lleno de vida, ya no sería más su Santiago de Chuco el vigoroso escultor de respiros melodiosos y profundos, ya no se hablaría más de esas tardes domésticas con brillos hechiceros reflejados en el cigarrillo del indio abuelo. Hasta su idilio muerto, lloraría con lágrimas de humanidad salvaje, hasta despertar del sueño más profundo a un Dios despiadado y distraído.

Vallejo nació un "día que Dios estuvo enfermo", su vida transcurrió como una forzocidad instintiva, sólo su voz queda y pausada era oída por él mismo, sin dar respuesta ni señal que le hiciera pensar que aún estaba vivo, que todavía estaba provisto de palabras fraccionadas por espacios vitales.

Cuando se lee la poesía de Vallejo, surge como una naturalidad esa dualidad que se siente en el corazón y en la cabeza. Para leer a Vallejo, es necesario poseer la mente fría y el corazón tórrido, porque en los hechos es eso, es la interpretación del hombre basada en su entorno desnudo, carente de sensibilidades, contrapuesto al sentimiento más puro que él mismo siente como humano, la urgente necesidad de ser feliz.

"Hoy no ha venido nadie a preguntar; ni me han pedido en esta tarde nada. No he visto ni una flor de cementerio en tan alegre procesión de luces. Perdóname, señor: qué poco he muerto".

César Vallejo murió en París, un día del cual ya tenía el recuerdo, un día con lluvia fría y helada, llevándose como a sus únicos testigos, sus pasos, los caminos.

Su viaje a París, significó para Vallejo el punto inicial de esa extraña premonición sobre su muerte. El 13 de julio de 1923, la capital francesa le abre sus puertas con una indiferencia natural. Su tierra natal, ya contaría para entonces con dos libros de su autoría. "Escalas melografiadas", y "Fabla salvaje".

Pero la más profundamente esencial y rico en Vallejo, son sus raíces andinas, no es una descripción romántica y épica de la geografía altiplánica, es ante todo una convivencia fraterna con situaciones cotidianas y domésticas de quienes representan a esos territorios. El ambiente se convierte en un habitante melodioso y triste, similar al yaraví pausado y melancólico que llora y se mantiene como emblema del ser más tímido, que se ruboriza ante cualquier mirada extraña. Viernes Santo, 15 de abril de 1938, de pronto todo enmudeció, hasta los Potros de los Bárbaros Atilas pisaban sus propios mantos negros. Su cuerpo ya no sería más su cuerpo, su palabra inmortal pasaría vigorosa ante la enérgica mirada de un Dios muerto que ayer estuvo enfermo en acmé delirante. Sólo el crepúsculo despiadado anunciaba la muerte del más genial de los poetas hispanoamericanos


Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia

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