Carl Orff apuntaba, desde los cánticos medievales que encontró en un convento alemán, la fatalidad de la fortuna, cuya rueda parece girar una y otra vez, veleta como la luna, reflejando hechos y protagonistas que parecen repetirse más allá de toda voluntad.
Así parece a veces la historia de Bolivia, donde todo es posible y nada es seguro; donde la marca mayor —lo dijo el Libertador Simón Bolívar— es “un amor desenfrenado a la Libertad”, y un rodar interminable de rebeldía y frustración.
Por lo menos en las últimas dos centurias de nuestra historia, cada 50 años se producen cambios, precedidos por partos violentos que luego encuentran su cauce. Muchas cosas cambian y, a la vez, nada cambia.
Desde el inicio del siglo XIX se gestó la revuelta contra el “mal gobierno” contra las autoridades coloniales locales, luego contra el colonialismo español. Quince años de guerras y guerrillas, y al final nació la República con las nuevas instituciones y propuestas de Antonio José de Sucre. Sin embargo, quienes estaban preparados para asumir la conducción del Estado y de hecho ocuparon esos puestos no eran los guerreros Eustaquio Méndez o Juana Azurduy, marginados incluso de las asambleas constituyentes en 1825 y 1826.
El poder ganado por el pueblo en las calles urbanas y montañas rurales fue luego ocupado por los hijos de los mismos criollos realistas, por los que a último momento se pasaron al bando llamado “patriota”.
A mitad del siglo XIX, empezaron otros cambios. El fortalecimiento inicial de los patriarcas de la plata, en el sur, (reflejado en las constituyentes del 17, del 80) fue reemplazado pronto por los barones del estaño, en el norte. El avance de las haciendas a costa de las tierras de comunidad, la creación de los primeros partidos políticos bolivianos estructurados y la creciente rivalidad de los dos puntos económico-políticos: conservadores del sur contra liberales del norte, además de toda la discusión del centralismo contra el federalismo, precipitó la crisis de 1899.
El componente de las luchas indígenas por sus tierras, por sus espacios públicos apareció nítido; al poco empezaron además a fundarse partidos socialistas y sindicatos con orientación marxista o anarquista.
La llamada Guerra Federal cambió el eje de dominación, pero no la esencia.
Desde fines de los años 20 se gestaron las guerras internas con las protestas obreras, agrarias, universitarias, el creciente nacionalismo. Sólo fueron calladas momentáneamente durante la Guerra del Chaco, para aparecer con más fuerza después de la Convención de 1938, resistir durante el sexenio entre 1946 y 1952 hasta resolverse el 9 de abril.
Nuevos actores, aunque los protagonistas eran también hijos de los antiguos rosqueros; lenta incorporación de los mestizos, de las birlochas, de los cambios en el acceso a la educación, a la salud, a nuevos barrios urbanos, al poder.
Cincuenta años después, desde fines de los 90, se gestó una nueva rebeldía. Campesinos (cocaleros), vecinos, jóvenes desempleados derrumbaron un viejo sistema y arrasaron a los antiguos partidos políticos.
Ahora, nuevos cambios y otras permanencias. Probablemente, el siglo XXI no mantenga la estructura partidaria, tal como empezó a diseñarse hace más de 100 años.
Los actores sociales tienen un rostro símbolo en Silvia Lazarte, la Presidenta de la Asamblea Constituyente. Sin embargo, falta mucho para que sus cuadros tengan las mismas oportunidades y capacidades de los hijos de los hijos, de los hijos del antiguo poder.
¿Qué podrá cambiar la Constituyente, reflejará de inmediato y a futuro lo gestado en la última década y la irrupción de las regiones, ya insinuada desde los años 70?
La historia lo dirá.
Lupe Cajías * es Periodista e historiadora
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Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia
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