El Deber Abril 04, 2007

La revolución de la riqueza


La reciente obra La revolución de la riqueza, de Alvin y Heidi Toffler, nos lleva nuevamente a la mecánica de olas diseñada en La tercera ola, de autoría del primero, y amplía el estudio sobre el conocimiento como instrumento diseñado en El cambio del poder de los dos autores mencionados.

De acuerdo con los Toffler, la riqueza que se está creando tiene al conocimiento como base esencial, que sutilmente alcanza precios cada vez más altos.

En el desarrollo de la humanidad, el conocimiento, que primero era individual y luego grupal, se transfirió constante e insoslayablemente; además, de ser gratuito pasó al trueque y por último al comercio. Ahora accedemos a él de las tres maneras, con una fuerte tendencia a su comercialización, que lo convierte en generador de riqueza cuando tiene demanda.

Como recurso inmaterial, el conocimiento debe aplicarse a recursos materiales naturales para entrar en el mercado, porque el conocimiento sin aplicación práctica no tiene utilidad ni valor y tampoco precio.

De acuerdo con tal teoría, el desarrollo de la agricultura y la ganadería produjo una civilización y la industria, otra, mientras que los servicios están generando una nueva forma de interacción que se está configurando; en ellos, el conocimiento es el elemento generador de riqueza. El paso de un estadio a otro ha significado, para las sociedades, la satisfacción generalizada de la mayoría de sus necesidades básicas.

Una de las disyuntivas que se producen al aplicar esta teoría es determinar la actividad en la que usarán los pocos o muchos conocimientos que se posee: agricultura, industria o servicios.

Para lograr el salto de la ‘campenización’, que pregonan los actuales ideólogos oficiales, hacia el estadio industrial o de servicios, el país tiene recursos naturales abundantes, pero carece de recursos tecnológicos, financieros, humanos y otros en la debida dimensión.

Industrializar el país sin capitales o pretender vender servicios sin desarrollar previamente una infraestructura de conocimientos es una utopía; sólo queda combinar los escasos recursos no naturales con los recursos naturales y destinarlos hacia las actividades donde se tienen fortalezas, como por ejemplo la agropecuaria, hasta convertirla en una hiperactividad con el uso intensivo de tecnología.

Esa aplicación de fortalezas regionales se produce desde que el humano vive en sociedades y es la que posibilita que Chile, actualmente, exporte al año más de 3.000 millones de dólares en productos forestales y Bolivia $us 150 millones, con los obvios beneficios; además, explica el desarrollo japonés, indio y de otros países.

Un romántico retorno al estado de naturaleza de Rousseau o comunitarismo nos volverá más pobres, mientras otros países se desarrollan a altas velocidades; ése es el mensaje que se extrae de La revolución de la riqueza y que debe llegar a los militantes de la descolonización de Bolivia antes de que nos quedemos vistiendo harapos.

* racn58@hotmail.com


Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia

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