En América Latina sólo han funcionado tres ciclos antipobreza. El concepto del “trickle down” (goteo), tan popular en los 80s, según el cual, si la economía crecía suficientemente (más de 5%), la riqueza iba a ‘gotear’ naturalmente hacia los pobres que incrementarían la demanda, demostró ser endeble ante la codicia de los que acaparaban los frutos del desarrollo, empezando por los gobiernos.
El primero de los ciclos virtuosos ha sido el implementado por Chile. Mediante una encuesta de cubrimiento total, se averiguó la condición de cada familia del país, con nombre propio. Luego, se focalizó una intervención estatal en cada dimensión de su carencia, salud, educación, techo, comunicaciones o empleo, mediante un programa diseñado para cada miembro de cada familia. En veinte años, redujeron su pobreza a menos de la tercera parte, doblando, casi, la demanda nacional. El “flow down”.
El segundo es sin duda, la articulación sistemática de uno o varios productos populares con mercados desarrollados, para generar un ingreso popular amplio y que ‘rompa la nuez’ la sub-economía de la pobreza. Es el caso del café de Colombia o de las hortalizas frescas de Guatemala y Costa Rica. Cuando millones de personas se vinculan a ingresos externos y son dueñas de los mercados, el círculo de la riqueza se afianza horizontalmente y el Estado tiene que correr tras ellos y prestarles apoyo. En esta categoría encaja naturalmente ‘la coca/cocaína’. Más allá de sus implicaciones de salud pública y su ilegalidad, puesta en vigor por casi todas las naciones, es por mucho, la mejor de las estrategias antipobreza andinas. Es el modelo de la ‘droga café’ legal, aplicado a otra droga, ésta sí, peligrosa y destructiva. Buena parte del ímpetu del partido de gobierno proviene de la energía de esta paradoja sin solución sencilla. Es el “trickle up”.
El tercero es sin duda, la vivienda. Es una necesidad básica esencial para todas las clases. La vivienda propia es autoestima, y para los pobres, es por excelencia la estrategia familiar para superarla. No hay motor social más poderoso y provechoso. Todos están dispuestos a pagarla y a ahorrar en ella y el Estado apenas debe garantizar los recursos externos y subsidiar a los más pobres. No es como un celular o un automóvil, que genera empleo y gasto en China o Japón; forja empleo boliviano masivo con baja capacitación. Convierte el barro en ladrillos y la caliza en cemento, creando empleo manufacturero y consumo industrial del gas. Todos esos empleos incrementan la demanda de carne, papa, maíz, transporte y vestido. 80,000 viviendas anuales quintuplican la meta de creación de empleo de este Gobierno. En un plan nacional como el actual, multiplicado por cinco, todas las necesidades básicas y el ingreso encuentran el camino de su satisfacción. ¡Es la superación natural de la pobreza!
Jorge Zapp * es consultor internacional.
Fuente: Servicio de Información Ciudadana. SIC, CEDIB - Bolivia
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