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EEUU gano en Afganistán pero perdió el país, por James Petras

12 de septiembre del 2002

James Petras
La Jornada

Desde el 11 de septiembre de 2001 han ocurrido grandes cambios. La invasión y ocupación de Afganistán, la proliferación de bases militares estadounidenses en todo el mundo, un incremento en la legislación represiva ”antiterrorista” y la articulación e instauración de la doctrina Bush de guerra permanente, intervención militar e impunidad criminal. En el nivel institucional el Pentágono, dirigido por Rumsfeld, ha dado una definición exclusivamente militar de la política exterior de Washington y los intereses internacionales, promoviendo nuevas guerras en Medio Oriente (Irak y posiblemente Arabia Saudita) y estableciendo una nueva red internacional de policía secreta (Fuerzas de Operaciones Especiales) para matar a líderes de Al Qaeda y otros adversarios.

Si bien han ocurrido estos cambios importantes durante este último año, si miramos la evolución general de los acontecimientos experimentamos una sensación de déja vu. En muchos sentidos el régimen de Bush junior repite la trayectoria de la presidencia de su padre.

En el curso del año, el régimen de Bush ha dado un giro completo desde la debilidad aparente hasta un poderío mundial en apariencia sin paralelo, y de ahí a una caída en picada. Antes del 11 de septiembre, la influencia de Estados Unidos en el Medio Oriente y el sureste asiático iba en declive. Irak, Irán y Libia habían debilitado el embargo estadounidense, Israel se enfrentaba a un levantamiento importante en una condición de total aislamiento diplomático, y Europa progresaba hacia la unificación y presentaba a Estados Unidos un desafío económico en los principales mercados. En el ámbito interno, el gobierno de Bush se consideraba como una minoría en el poder a causa de un cuestionable recuento de votos y enfrentaba críticas por la alta inflación y por su inadecuada atención a la salud pública.

El 11 de septiembre permitió al régimen de Bush tomar la iniciativa tanto en el ámbito nacional como en el internacional. La movilización bélica y la campaña antiterrorista unificó al país en respaldo al gobierno. Aliados, clientes e, incluso, antiguos adversarios apoyaron dócilmente la guerra estadounidense y la conquista de Afganistán. Las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central concedieron bases militares a Washington, mientras los foros internacionales y regionales expresaban apoyo a la campaña antiterrorista. A fines de 2001, la influencia y el poder de Washington parecían abarcar el mundo entero.

Sin embargo, de enero en adelante, cuando la Casa Blanca comenzó a aplicar la doctrina Bush de guerra permanente, surgió el disentimiento entre los aliados europeos y los clientes de Medio Oriente.

Encabezada por Francia y Alemania, Europa rechazó una nueva guerra con Irak y el apoyo incondicional de Estados Unidos a Ariel Sharon. De manera similar, Saudiarabia, Kuwait, Jordania y la mayor parte del mundo árabe cuestionó el apoyo estadounidense a la violencia israelí y rehusó apoyar una guerra contra Saddam Hussein.

En Afganistán, la derrota del talibán y de Al Qaeda no condujo a la captura de Bin Laden y de casi ningún otro dirigente. Los señores de la guerra, cuya lealtad fue comprada, combatieron al talibán sólo para asegurar sus propios dominios. En varias regiones surgieron reyertas entre los aliados estadounidenses. Washington compró el voto de la Loya Jirga (concilio tribal) a favor de Karzai, pero éste estaba en tal aislamiento político y tan carente de apoyo, que el régimen de Bush se vio forzado a suministrar a sus Fuerzas Especiales para que le sirvieran de guardia presidencial. Afuera de Kabul no había gobierno central ni ejército nacional. La Alianza del Norte se desintegró y los llamados ”garantes de la paz”, comandados por los británicos y más tarde los turcos, permanecieron en Kabul. Sin contar con un control territorial efectivo, Washington también subestimó la base popular del talibán. Decenas de miles de dolientes peregrinaron en homenaje y recordación hacia el sitio donde fueron enterrados los últimos mártires de la resistencia en Kandahar. Estados Unidos ganó en Afganistán, pero perdió el país.

En lo interno, la crisis económica minó la popularidad del régimen. Después de estar sujeta a siete meses de intensa propaganda bélica, la población comenzó a cansarse de las constantes amenazas de ataques inminentes que jamás se materializaban. La campaña antiterrorista ocasionó grandes pérdidas y bancarrotas en la industria del transporte aéreo, el turismo y servicios conexos. Los enormes escándalos de corrupción empresarial y los vínculos que prominentes defraudadores tienen con el gobierno de Bush, incrementaron la desconfianza de los inversionistas y ocasionaron fuga de capitales de los mercados de valores y del dólar. Después de tres meses de recuperación, entre enero y marzo, el país volvió a caer en recesión y Bush se vio forzado a emprender una gira de discursos en la que lo único que tenía que ofrecer para levantar la alicaída economía era ”optimismo”. Sin embargo, el hecho significativo fue que la opinión pública mostraba mayor interés por la crisis que por el histrionismo ”antiterrorista” de Bush, Rumsfeld y Powell.

Washington no compró lealtad eterna, más bien alquiló a los señores de la guerra

Por si fuera poco, se intensificaron las luchas entre los burócratas de la administración por cuestiones de jurisdicción y tácticas. El intento de Rumsfeld de tomar control sobre la política exterior y las operaciones clandestinas lo puso en oposición con Powell y Tenent (jefe de la CIA). Mientras que Powell favorece la propagación de la doctrina antiterrorista por medio de regímenes clientes ”legales” (Macapagal en Filipinas, Uribe en Colombia, etcétera), Rumsfeld se inclina por la intervención militar directa y el uso de las Fuerzas Especiales Delta para asesinar a opositores del extranjero, aun sin consultar a los países involucrados. Rumsfeld está creando su propia red clandestina de inteligencia a expensas de la CIA. La cuestión es que la megalomanía de Rumsfeld se percibe cada vez más en círculos empresariales y gubernamentales como una desventaja y una amenaza para el sistema. A principios de agosto un columnista se refirió a Rumsfeld como ”cañón suelto” (Financial Times, 10/11 de agosto 2002, pág. 7).

El gobierno de Bush ha dado un giro completo, de un régimen unificado que dictaba políticas al resto del mundo y anunciaba el futuro, a un imperio abandonado por sus aliados y resistido por sus clientes y por un gobernante afgano que ni siquiera puede mantener seguro el palacio presidencial. En vez de un apoyo casi unánime, Bush enfrenta ahora un público que cuestiona cada vez más su política y ética económicas.

Bush hijo y sus asociados de línea dura en el gabinete, derivaron varias lecciones del esfuerzo fallido de Bush padre por instaurar un nuevo orden mundial: (1) la importancia de no depender de aliados, es decir, la necesidad de ”ir solos”; (2) la necesidad de emprender guerras continuas, incluso de conquista; (3) la necesidad de construir una red mundial de bases militares desde las cuales lanzar nuevos ataques para consolidar el imperio.

El esfuerzo actual de Bush hijo por construir un nuevo orden mundial no ha podido sacar otras lecciones del pasado reciente: (1) que las crisis económicas internas socavan la construcción de imperio y conducen a la derrota de los presuntos imperialistas; (2) que las campañas antiterroristas en Afganistán pueden tener un efecto bumerán. Los señores de la guerra, a quienes Estados Unidos financió y dio armas para combatir a los talibanes, no deben lealtad a Washington, sino al control de sus dominios. Washington no compró lealtad eterna, más bien alquiló a los señores de la guerra para tareas específicas, que eran combatir al talibán y votar por Karzai en la Loya Jirga. Después de cumplir su tarea y recibir su paga, los señores de la guerra siguieron su curso, exprimiendo a su gente con impuestos, traficando con drogas, guerreando entre sí, oprimiendo a sus mujeres y desafiando al gobierno central (y a Washington); (3) que ”ir solos” no es una estrategia viable para mantener un imperio duradero, puesto que Washington no tiene ni fondos para financiar un gran ejército de ocupación ni la voluntad de enviarlo al frente; (4) que la supremacía, expansión y conquista no necesariamente se traducen en ganancias económicas: todos los movimientos militares del año en cualquier territorio han sido costosos y han obtenido escasas ganancias económicas; (5) la militarización no puede remplazar un modelo económico fallido. Si bien Washington se aseguró el apoyo de sus regímenes clientes de América Latina, la mayoría resultaron abyectos fracasos políticos y económicos. La lista de regímenes fracasados -aquellos cuya popularidad anda entre 5 y 20 por ciento y que se enfrentan a pobreza creciente y bancarrota económica- es larga: Duhalde en Argentina, Toledo en Perú, Cardoso en Brasil (su protegido para la presidencia va en cuarto lugar en las encuestas), Noboa en Ecuador, Macchi en Paraguay y el ex presidente Quiroga en Bolivia (cuyo partido logró 3 por ciento en los comicios presidenciales de 2002). El incremento de la ayuda bélica, las bases militares, los golpes castrenses y amenazas fallidas no han reducido la recesión económica. El derrumbe de los regímenes clientes, la fuga de inversionistas y la creciente oposición sociopolítica a Washington siguen en aumento.

Las ”lecciones” no han sido aprendidas, y esto explica el fracaso del régimen de Bush en construir imperios. La razón estructural de que no pueda aprenderlas está en la naturaleza del liderazgo político del gobierno.

***

Conclusión

La declaración de Rumsfeld de que está organizando a las fuerzas de Operaciones Especiales para involucrarse en acciones clandestinas en la campaña contra el terrorismo, es un reflejo de su frustración por el fracaso de la guerra y por el creciente aislamiento político y diplomático de Washington. Enviar, como Rumsfeld propone, fuerzas Delta en misiones encubiertas de asesinato, sin consentimiento o conocimiento de los países involucrados, es admitir que no existen acuerdos y alianzas políticas abiertas o no funcionan. Andar por el mundo persiguiendo líderes y activistas de Al Qaeda es reconocer el fracaso del propósito principal de la guerra en Afganistán, que era destruir la organización. Recurrir a medidas extremas y desesperadas de asesinatos políticos en distintos países no sólo es indicativo de una mente desequilibrada sino, sobre todo, apunta a un liderazgo político carente de estrategia política.

La rápida caída del apoyo nacional e internacional al gobierno de Bush es resultado de su composición y de la naturaleza de su liderazgo. Es un régimen basado en el capitalismo tramposo, ha privilegiado sus vínculos con un estrecho grupo de magnates texanos de la energía y ”capitalistas extractivos” que siempre han confiado en los lazos políticos dentro del país y en la fuerza en el exterior para acumular riqueza. En segundo lugar, y relacionada con esto, está la autonomía del componente militar del gobierno. Mientras la camarilla de tramposos estimula una estrecha visión de la construcción imperial, el Pentágono proporciona una definición militar estratégica de la realidad política global, ajena a las consideraciones económicas. El tercer elemento en el gobierno de Bush es su profunda inmersión en la corrupción empresarial, encarnada en el vicepresidente Cheney. La corrupción empresarial tiene sus orígenes en las políticas desregulatorias del régimen de Clinton, pero se ha desparramado por toda la clase capitalista.

La trapacería, la autonomía militar y la corrupción florecen en la mediocridad de la que Bush es el representante perfecto. Esta clase de liderazgo es incapaz de entender el ascenso y caída de los imperios. El problema es que la podredumbre interna no sólo derrumba los imperios, sino que aventureros políticos como Rumsfeld son capaces de llevarse con ellos a buena parte del mundo.

El año que termina el próximo 11 de septiembre ofrece la esperanza de que la oposición a la guerra, a la corrupción y a la injusticia puede una vez más ganar ascendiente. Pero para eso se necesita echar abajo la imagen de un imperio omnipotente y reconocer el poder en aumento de los movimientos sociopolíticos y los partidos electorales. De las selvas de Colombia al Congreso de Bolivia, de la fuerza de las urnas al poderío de la gente en las calles, la izquierda está una vez más en marcha.